lunes, 8 de octubre de 2012

A los nacionalistas canarios.




Por José Carlos Martín Puig. (al que vemos en esta imagen homenajeando a Secundino Delgado).


Qué difícil resulta dirigir si quiera unas cortas líneas a quienes lo que ansían son hechos, respuestas, victorias, sueños cumplidos. Qué cuesta arriba se hace tener una y otra vez que rememorar sólo el pasado cuando, al tiempo, quisiéramos ganar, abrazar ya ese futuro por el que tantos compañeros/as luchan o han luchado. Que tarea más ingente se hace cada vez, el llegar a los corazones y los pensamientos de muchos ciudadanos, de muchos nacionalistas de obra y pensamiento, cuando alrededor sólo abunda ese ruido de consignas, proclamas, promesas y anhelos mil, provenientes de propios y adversarios que llevan repitiéndose años, décadas, hasta parecer eternidad. Cuántos homenajes, reconocimientos, manifestaciones, encuentros o simplemente conversaciones acarrean ya las espaldas, las gargantas, la memoria de quienes ya somos algo mayores y cuantas quedarán a quienes desde su juventud hoy comparten anhelos de una sociedad mejor, de una Canarias con futuro. 
Pero, al mismo tiempo me pregunto, ¿y si nuestros adversarios hubieran conseguido también enmudecer esas nuestras palabras, neblinar nuestras conciencias libres, desmovilizar hasta nuestros sentimientos?¿Y si hubieran conseguido también que claudicáramos del pasado que escribieron, vivieron o padecieron los nuestros y sus anhelos de entonces?. ¿Y si en vez de todos aquellos esfuerzos, sanos y bienintencionados actos de compromiso con nuestros ideales y sueños, nos hubiéramos entregado, dados por vencidos, sentido derrotados antes de tiempo?¿Nos sentiríamos mejor?. Con seguridad no. Por eso seguir reivindicando la figura, testimonio e ideas de Secundino Delgado sigue siendo, sobre todo, un acto de rebeldía porque lo es de canariedad militante y consecuente. 
No haber ganado aún la guerra, no significa tampoco que todo hayan sido derrotas. Los canarios hemos cosechado también victorias sonadas y aún habrá más. Victorias fueron aquellas de PCU y UPC, aquella histórica del No a la OTAN. Tal vez ninguno de los que hoy leemos estas líneas veamos la definitiva, pero al menos quienes tomen el testigo sabrán que pisarán sobre las raíces fuertes de un drago que, esta vez, no podrán arrancar. Cosa distinta son esas ramas frágiles, esas que se inclinan, también en política, según la dirección que lleven los vientos del momento, según quien las quiera regar. Esas, España sabe que son fáciles de quebrar, aunque sigo confiando en que un día también broten hacia el mismo horizonte. 
No pretendo atentar contra la inteligencia de ninguno de ustedes porque mi primera consigna siempre es el respeto, ni caer en esa ramplona literatura sensiblera que sólo sirve para el pulso de un efímero momento y nada más. Quiero compartir con ustedes un pensamiento que creo que, más en los tiempos que corren, no lo concibo como un consuelo sino como una reafirmación en la lucha pese a la adversidad, como una muralla infranqueable para nuestro adversario porque está metida en el tuétano de nuestro ser, como un escollo imposible de derribar para quienes quieren acabar no sólo con derechos fundamentales sino sustituir la humanidad por la barbarie. Esa arma es nuestra conciencia social y nacional. 
Y me voy a apoyar brevemente para ello en un pasaje de los evangelios, aunque no profese creencia religiosa alguna. En un apartado de esos escritos se menta la llegada de un hombre a una aldea en un día de mercado y por tanto de amplia concurrencia. Añade el texto que el protagonista comenzó allí, en el mismo centro de la plaza, a dirigir una arenga en contra de la esclavitud que fue seguida por un número importante de los presentes. Así repitió durante varios días hasta que el último, cuando abandonaba la plaza, uno de los presentes le interpeló: usted ha repetido todos estos días el mismo discurso y ha presenciado como cada vez iba menguando el número de asistentes, ¿porqué lo repite?¿porqué no cambia?¿porqué no gana adeptos para otra causa distinta?. El orador se dirigió a él y le dijo. Defiendo que cualquier persona debe ser considerada igual que otra y que nadie puede ser dueña de otro ser humano. Aún cuando repetir este mismo discurso mil y una vez no me supusiera seguidor alguno, al menos a mi me habrá permitido reafirmarme en que yo sí que ni soy ni será nunca esclavo. 
            A mí al menos me vale. Y estoy seguro que a muchos de ustedes también. ¿Cuántos de nosotros no hemos sentido esa misma sensación al defender nuestras ideas?. ¿Cuántos no nos hemos repetido una y mil veces que como pueblo no queremos ser colonia de nadie y que tenemos el derecho a ser libres y que si otros prefieren ser dependentistas, o mantener esclava su conciencia que sea esa su elección?. 
Sin embargo, podemos tener hoy la satisfacción de que desde tiempos de Secundino Delgado para acá, han sido muchas las decenas de miles los canarios que han decidido no sentirse esclavos de conciencia. Más aún, aunque aún sea ingente la tarea que nos queda por delante, ni con tantos años de colonialismo, de injusticias sociales, de maquinaria política y cultural han conseguido esclavizar nuestras propias conciencias individuales y aquella otra que nos hace sentirnos hijos de esta nación. No será la gran victoria que ansiamos, que llegará tarde o temprano, lo quieran o no, pero sentirnos personas libres, canarios libres, en un mundo que gira en torno a demoledoras maquinarias de sumisión y explotación sí debe ser motivo de individual y colectiva satisfacción. ¿Consuelo?. No. Dignidad y Determinación.
No sé si la arenga famosa de Secundino, esa que decía que no recogeríamos jamás, ese grito miles de veces invocado por todos de una Canarias Libre, seguirá lanzado al viento, pero a la vista está que sigue vivo, que crece, que se hace fuerte y que cuando las condiciones objetivas lo permitan se convertirá en la ansiada y feliz realidad que deseamos.
Alguien dijo que la verdad le haría libre. Nosotros defendemos ésta como nuestra verdad, pero necesitamos la unidad, la firme voluntad, la generosidad y la altitud de miras que trascienda de las siglas y las personas, para ganar la verdadera libertad. Que cada uno siembre cómo y donde quiera, pero en esa dirección. Que cada uno milite donde crea, pero con las miras puestas en el único objetivo que de verdad servirá para transformar nuestra realidad y siendo consciente de que el que está en nuestra orilla es nuestro hermano y nunca el principal adversario. Si de verdad apostamos por ser un Estado pensemos y actuemos como tal o estaremos abocados a ser sólo una nación sin presente ni futuro. 
El espíritu de Secundino sigue vivo porque viva está nuestra lucha.

VIVA CANARIAS LIBRE 

1 comentario:

  1. Tambien dijo esto Secundino.

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