martes, 20 de septiembre de 2011

MI PERAL

El 21 de septiembre de 1903, hace justamente 108 años, se publica el relato corto firmado por Secundino Delgado, titulado “Mi Peral”, esta publicación se realiza en el “Diario de Tenerife”. En este diario siempre tuvo Secundino un trato especial, posiblemente esto fue debido a la influencia que tenían en él los hermanos Estévanez, sobre todo Patricio, que fuera principal valedor para la existencia del diario.
De los relatos cortos escritos por Secundino “Mi Peral” constituye él publicado mas tardíamente, esto hace que sea muy complicado tener claro si fue escrito durante su cautiverio o posteriormente.


MI PERAL

I

Allá muy alto, cuasi en la cumbre, hay una cabaña vieja donde vivo á ratos.
Es una sala grande que antaño fue granero, y una alcoba pequeña como una celda. Ambas están en alto. Se sube y baja al patio por una escalera desvencijada y ruinosa que hace temblar. El patio es amplio y pedregoso; con un cielo de parras entrelazadas. En primavera, apenas puede mirarse el firmamento azul. Aquellas vides son las que llaman de moscatel. En este tiempo están enracimadas de uvas frescas, hinchadas y brillantes, dulces y sabrosas.
En los rincones del patio hay poyos muy antiguos y antiestéticos con rosales y madreselvas, camelias y violetas,
lilas y dalias.
A la derecha está el corral con gallinas, pollos, patos, pavos, tórtolas y palomas.
Más adentro una cuadra que sólo tiene estiércol y un goro de piedra seca, con su pileta limpia triste.
Al fondo de este patio pedregoso, pero animado y fragante, está una portada que da paso á un huertecillo de lechugas, cebollas, beterradas, coles, rábanos y remolachas; en una esquina, un triangulo de maíz ondulante como el mar y verde como la esmeralda. Al centro de mi alegre huerta se yergue un peral, uno solo, pero umbroso, gigante como una ceiba americana...
El, es la causa de mi cuento...

II

-Aquí venimos las tres para pedirle un favoe... ¿Qué lo hará?....
—¿Y qué es ello?... ¿A tres muchachas tan lindas qué puedo yo negarles?...
—Pos lo que queremos en que nos empreste la sala para jacer un baile mañana—dijo la más opuesta y garbosa de las tres, al mismo tiempo que trillaba con sus dientes grandes, blancos y apretados la punta de un pañuelo colorín.
—Pero si yo estoy de luto muchachas.
—Baj...—mujió Rosario; y se quedaron tristes mirándose las botas amarillas y fuertes con algunos remiendos desmedidos...
De pronto Rosario, la más animosa, tuvo una inspiración; se encendieron sus mejillas de carmín, palpitóle el seno elástico y mórvido que pugnaba por romper con sus pesones duros y vibrantes la blusa rosácea que los cubría, y con voz temblorosa como una súplica, como un ruego, me dijo:—Ya que usted está de luto se va de caza, me deja la llave y yo cuidaré sus animalitos hasta que vuelva... ¡Eh! ¿Nos hará V. ese favor?...
En tanto que hablaba, sus pupilas húmedas escudriñaban mi duda y suplicaban; suplicaban de una manera tal que me rindieron. Cedí. Cedí y fui engañado...

III

Rosario tomó las llaves de mi cabaña y no hubo baile. Engañó a sus amigas, y á sus padres, y á todo el mundo y en vez de baile fué un idilio amoroso bajo las copas cuajadas de frutas y hojas de mi peral...
Mas tarde lo supe todo y me di cuenta exacta. Rosario no encañó á nadie. Fué «el genio de la especie» quien nos engañó á todos y á Rosario inclusive. El, que viendo la vitalidad exuberante de la «maga», su hermosa faz, tipo exacto de pura raza, sus anchas caderas que prometían cómodo y amplio engendro, sus labios gruesos y rojos, húmedos por el deseo de besar, sus pechos abultados como depósitos abundantes para la boca de un recién nacido, su todo en fin, que era la personificación genuina de la gran matrona...; él, «el genio de la especie», indiferente al formulismo social, eterno reidor de las Iglesias, insensible á los dolores de las victimas, conspiró y mintió y triunfó de todos; y en vez de la fiesta y el timple y la guitarra, que debieron alegrar la sala de mi cabaña vieja, sólo se oyó aquel día el arrullo de tas palomas, el cloquear de las gallinas madres, el “arrorró” melancólico de las tórtolas y los besos suaves y ardientes, con promesas soñadoras y abrazos apasionados, voluptuosos, donde se fundieron Rosario y su amante para dar vida á Pepín, quien ya hoy viene á robar peras á mi peral umbroso.

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